Por Pierre M. Maillard Editor en Jefe
| Reloj « Spatiale » de
Vincent Calabrese,
fotografiado en 1998
para Europa Star por
Lionel Deriaz y
Philippe Loup. |
Las noticias ya no son alarmistas, son
catastróficas. Las estadísticas que ha
difundido la Federación Suiza de la
Industria Relojera referentes a las
exportaciones en el primer semestre del
2009 suenan como una letanía deprimente :
Hong Kong baja un 22,2 por
ciento, los EE.UU. bajan un 43,3 por
ciento, Francia baja un 10 por ciento,
Italia baja un 8,4 por ciento, Alemania
baja un 13 por ciento, Singapur
desciende un 30,3 por ciento, China un
36,4 por ciento, y así indefinidamente.
Como única y honrosa excepción a la
retahíla de descalabros está el caso del
incremento del 44,1 por ciento de Corea.
Desde Enero del 2009, las exportaciones
de relojes suizos han experimentado un
descenso promediado del 26,4 por
ciento. En el primer semestre del año
supusieron un giro de 4.040 millones de
euros, 1.450 menos que en el mismo
periodo del año anterior.
Estos resultados son una radiografía del
estado real de la economía y nos proveen
de un diagnóstico implacable de la
situación de la industria relojera : está por
los suelos. El aterrizaje forzoso ha causado,
y seguirá causando, un montón de
daños colaterales. Tras la ascensión desbocada
de los últimos años, la vuelta a la
realidad ha sido como una ducha de agua
helada un día de riguroso invierno. Los
tiempos están cambiando, como cantaba
Bob Dylan hace más de cuarenta años. Y
seguirán cambiando, cosa que muy frecuentemente
olvidamos. No deja de ser
paradójico que la relojería, que es el arte y
la industria del tiempo, harto frecuentemente
ignore las lecciones que el propio
tiempo nos imparte.
Embriagados por la arrogancia de sus
éxitos estratosféricos, la relojería voló
cada vez a mayor altura, superando registro
tras registro, batiendo un récord tras
otro, no solo en las finanzas sino también
en cuanto a la tecnología y al marketing.
Así, finalmente, olvidó que la industria
que mide el tiempo no tiene por que ser
eterna y que en el gran organigrama de
las cosas no era más que una gota en el
gran océano de la economía mundial.
Sean cuales sean sus méritos, la relojería
no deja de ser un pequeño sector condenado
a sufrir las consecuencias de disturbios
ajenos a su control.
Hoy, el diagnóstico exige una cura de
salud y modestia. Algunas piezas han
quedado ya en la cuneta y otras van a
seguir. Esperamos ansiosos un retorno al
buen juicio, un premio a aquellos que
han entendido el valor de mantenerse
fieles a círculos virtuosos. Aquellos que
resistieron al orgiástico frenesí que
atrapó a muchos otros, están ahora en
condiciones de rearmarse para la próxima
campaña. ¿Y cuando será eso ?
Creemos que pronto, a finales del 2009 o
principios del 2010. Nos aportarán
nuevos valores ya que se ha desacreditado
la noción del plus ultra, de la
superación insaciable de un logro por el
siguiente : es la hora de la moderación. La
palabrería dará paso a la calidad. El
oportunismo cederá su lugar al servicio al
cliente.
Pero debemos ser tajantes en un
aspecto : la innovación no ha perecido en
la hoguera de las vanidades, del autobombo
y de la ostentación. Al contrario,
esperamos ahora que los innovadores
aporten sustancia a la relojería. En los
tiempos tempestuosos actuales, el hecho
de que una marca como Tissot sea
capaz, no solo de mantenerse a flote,
sino que además mantenga su rumbo, es
un claro ejemplo de lo que queremos
expresar. El T-Touch es un producto innovador
que, a pesar de haber sido eclipsado
por competidores más ruidosos,
tiene sustancia, una sustancia única en
su género. Y esto es solo un ejemplo
entre muchos posibles, pero que apunta
en la dirección adecuada, la de innovar
para crear productos sólidos a precios
consecuentes con la sustancia que contienen